25.2.07

Punk Picasso

Punk Picasso, así es llamado también Larry Clark.
Director y fotógrafo, siempre su obra a dado lugar a la polémica por su retrato y visión de una adolescencia extremadamente sexual, drogadicta, violenta, incomprendida, sometida, rebelde, underground y degradada.
Muy explicitas, sus películas Kids, Another Day in Paradise, Bully, Teenage Caveman, Ken Park y
Wassup Rockers ya son todo un icono y un estilo propio.
Como fotógrafo ha editado dos libros Tulsa (1971) y Teenage Lust (1983).
Esto es sólo parte de su trabajo.




23.2.07

Los Nadie

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy ni mañana ni nunca, ni en llovizna cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ningüenados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
·Que no son aunque sean.
·Que no hablan idiomas, sino dialectos.
·Que no practican religiones, sino supersticiones.
·Que no hacen arte, sino folklore
·Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
·Que no tienen cara, sino brazos.
.Que no tienen nombre, sino número.
·Que no figuran en la Historia Universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

Autor: Eduardo Galeano

Per què no l'hi dius?

Le dice un chimpancé a un árbol:
¿Por qué sufres tanto, ¿por qué no lo dices?, ¿por qué aplacas el llanto?
Por el delirio de lo humano, por el delirio del humano.
Su historia como parábola del germen de la destrucción, nuestra destrucción.
Son un forúnculo que explotar para el reino animal y vegetal.
Cancerígenos incluso para ellos mismos.

20.2.07

Sin título 1


Como a un cigarrillo mal apagado me dejó, a medias y consumiéndome. En la habitación del hotel en la que dormimos aquella noche, la noche que creí haber esperado toda mi vida. No supe como se llamaba realmente hasta el último momento, pero me dejaba que le llámese Charlotte. Charlotte de firmes pechos, Charlotte de suaves labios, Charlotte de profunda mirada. Cuando apareció en mi vida por primera vez eramos unos niños, iba acompañada de su madre, yo paseaba solo. Le vi, me vio, en un reflejo de un escaparate se cruzaron nuestras miradas. Por momentos su impronta en mi mente fue lo único que pude ver, pero supe que pasó junto a mi porque un profundo olor, una esencia indescriptible y única llegó hasta mis sentidos.
Después desapareció.

Plasmado como una instantánea ese momento perduró durante los años, la intuición y la ilusión me susurraron que volveríamos a encontrarnos.
Pasaron los años y con los años los recuerdos, pero esa imagen seguía en mi mente, menos tersa, menos nítida, menos viva, pero se mantenía.
La magia aun estaba por llegar, y finalmente hizo acto de presencia.

Era un día de invierno, con niebla y bajo cero. Los transeúntes caminaban abrigados por cálidos chaquetones y largas bufandas que tapaban la mayor parte de su rostro.
Me dirigía a un café donde me dejaba caer para no pasar solo la noche en casa.
Lo que no intuía era lo que estaba apunto de avecinarse.

Mientras mantenía entre mis manos la taza caliente de café con leche y un azucarillo oí tacones que bajaban desde la planta superior del local hasta un pequeña sala donde tres mesas, tres sillas, tres ceniceros, una taza y una persona la presidian. En ella se encontraban los baños, a ellos se dirigían esas pisadas.
No le dí importancia y apenas retiré los ojos del remolino que había dado forma con la cucharilla.

La puerta de mujeres, cuatro taconeos después del primero, y un leve portazo que finalmente reclamó mi atención.
Poco a poco se fue formando e iluminando la figura esbelta que se dejaba entrever por la puerta semicerrada, y fue entonces cuando reconocí aquella fragancia grabada a fuego durante los años.

Cegado por el contraluz que la iluminaba no vi su rostro hasta que su se reflejó en el espejo, fue entonces cuando la reconocí.
De nuevo el estallido de mi corazón, y con él la perdida del habla, el oído y la vista durante unos segundos, solamente fui capaz de registrar su extasiante olor. Y sin darme cuenta ese ángel caído desapareció.

Pasaron los meses, meses gobernados por esa fragancia, dominados por la impaciencia.
Ahora sabía que realmente existía, sabía que me había estado aguardando durante todos estos años, miraba cada noche a la ciudad iluminada por las luces de neón confiando al destino o a la casualidad otra oportunidad.

Y los encuentros fueron llegando, consecutivos, pero siempre desde la lejanía de la impotencia. Encuentros que siempre me sumían en el mismo letargo que acompañaba inevitablemente la perdida de mis sentido. Siempre a través de los reflejos de la ciudad.

Los avistamientos comenzaron a ser cada vez más a menudo, primero fueron saltando por las semanas del calendario, y poco a poco fueron acortándose hasta que finalmente llegaron a ser todos los días.
En lugares dispares, entre hombres sin nombre, en charcos de agua tibia, pero seguía sin poder hacer nada por asaltarla.
¿Me estaba volviendo loco?, ¿dudar de su existencia?
Ahora apenas comía, ¿estaría obsesionándome?

Pero llegó el día. Dos de la mañana, caminaba con las manos en los bolsillos, cabizbajo pululaba como un espectro sin intención de regresar a casa, sin destino.
Fue entonces cuando ese aroma mitad lavanda, mitad almizcle, todo divino me asedió sin mencionar palabra.
En seco paré mi marcha, no podía verla. Un autobús impedía que divisase la otra acera.
Cuando por fin arrancó la vi, contra la pared, mirándome fijamente, sonriendo.
¡Seguía viéndola! ¡Podía moverme! ¡Era capaz de hablar!
Crucé sin mirar a los lados, ¡era ella!

  • ¡Eres tú!, ¿me recuerdas, me sitúas?

  • Eres la persona de mis sueños, susurró, y amplió la sonrisa.

  • ¿Quién eres, cómo te llamas?

  • Charlotte, sólo Charlotte.

El silenció se hizo para los dos, me sentía tranquilo, por primera vez en mucho tiempo.
Sin mediar una sola palabra me agarró de la mano y me dejé llevar por su suave tacto y embriagar por el olor, ese olor.
Me llevó hasta el hotel más cercano, yo no daba crédito pero dejé que las cosas siguieran su curso.
Finalmente era el momento, mi momento, nuestro momento, no podía estropearlo.

Contrató una habitación, o por lo menos eso debió hacer, yo no atendía a nada más que a ella, absorto.
Hicimos el amor toda la noche, varias veces, sin mediar palabra, sumidos en un éxtasis mudo.

Y es aquí, a la mañana siguiente donde comencé este relato.

Abrí los ojos sin reconocer muy bien donde me ubicaba, era la habitación de ayer, el recogido nido de Charlotte y mio.
Giré, ella no estaba, tampoco su ropa, ni su bolso, pero lo que me preocupó más, su olor ya no le registraba. ¿Cuántas horas haría que se había ido?
Entonces me inundó el miedo, con el miedo llegó la pena y con la pena la desesperación más absoluta.
Había vuelto a perderla, y mi instinto esta vez me decía que sería para siempre.

Desnudo, entre tambaleos, sollozos apagados y la lágrimas desesperadas llegué hasta el baño.
Sin pensar divisé una cuchilla de afeitar envasada en esos sobres de papel encerado típicos de los hoteles.
Lo abrí y entre tinieblas dejé correr el agua caliente de la bañera, busqué el tapón que le correspondía.

Volví a la habitación y caí por primera vez en la presencia inerte del mueble bar donde reposaba una pequeña televisión.
Había varias botellitas de licores caros y como poseído las bebí todas en pocos tragos.

Entre nauseas y la ebriedad etílica agarré con fuerza la cuchilla que aun llevaba en la mano y rasque mis muñecas hasta que la sangre resbaló rápida por mis manos.
Me recosté en la bañera y me dejé morir.

En un último e inútil acto reflejo para salvar mi vida salí, gracias al peso de la mitad de mi cuerpo, de la bañera magenta y me arrastré como pude, reptando con los codos y las rodillas.
Con patéticos movimientos comencé a avanzar hacia el teléfono de pared que se encontraba al otro lado.
Prácticamente inconsciente y sin fuerzas llegué hasta la televisión, que quedaba a menos de la mitad de camino de mi única salvación.

Pero fue entonces cuando de mi cuerpo, de mis cabellos, de mis pechos, de mis axilas, de mi pubis emanó ese olor.

  • ¿Charlotte?, balbuceé en un susurro.

Charlotte no estaba, me desplomé.
La cara frente al mueble bar.

Y en ese mundo oscuro y paralelo que las pantallas convexas de los televisores reflejan la vi. Tumbada en el suelo, desnuda, sangrando, desangrada.

Yo también era Charlotte, yo era parte de Charlotte, siempre lo había sido, era el hombre de sus sueños que en su desesperada locura había creído y anhelado siempre tan fuertemente que compartíamos la misma conciencia, el mismo cuerpo la misa presencia. Ella me había dado la vida, mi consciencia, ahora lo entendía todo.

Cuando encontraron a Charlotte a las pocas horas, ya muerta, nadie supo lo que había sucedido.
Un suicidio de lo más atípico, la gente conmocionada sólo hablaba de la sonrisa, su sonrisa, la mueca eterna que se había congelado tras su muerte en sus labios.
Era mi sonrisa, la sonrisa más feliz de toda mi vida, finalmente ocurrió lo que quería, lo que debía.

Charlotte y yo juntos, fundidos eternamente, por fin, de por vida.


17.2.07

Requiescat In Pace












Por ti abuela, madre, esposa, hermana, tia, Pepita, Josefa.

Tantos papeles jugados como recuerdos alentadores dejas en nuestras mentes.
Caminabas rápido, mujer de mundo, mujer sin tregua, mujer valiente.

En una rápida pasada fotogramas de momentos atraviesan mis retinas: esas noches aterradoras que junto a ti pasaron en compañía de la radio y agarrado a tu mano. Domingos lluviosos despejaron a tu lado.

Tus manos siempre fueron suaves, tu genio nunca se perdió.
De nuevo vida y muerte agarradas de la mano, a tus 85 años, 85 pasos, 85 metas.
Ciclos que se cierran, ciclos que se abren para regresar a la tierra en un utero incinerado de madera.
Que tu recuerdo continue ahora siendo el nexo de union que fuiste para nuestra familia.

1.2.07

Autocompasión

Era un día especialmente frío para las temperaturas que habían tenido, caminaba hacia la facultad después de 14 días de absentismo y puentes, le resultaba demasiado difícil volver a enfrentarse a ello. Había asumido su papel de victima y se recreaba cada poco en él, no le había costado demasiado, y tirando la toalla dejaba el trabajo duro a los antidepresivos. Convencido de su debilidad temblaba camino al aula, se fumó dos cigarrillos sin pausa antes de que le invadiesen los retortijones. Las manos le temblaban y estaba convencido de que balbucearía si le hiciesen habar.

Se forzaba a llevar la cabeza levantada y a mirar a los ojos al resto de estudiantes que se cruzaban en su camino.

Ensimismado en su autocompasión se preguntaba si podría conseguirlo. La segunda voz que adoptaba aveces cuando caminaba le carcomía con sus ideas, ¿sería fruto de la sugestión la situación que entre su miedo y su familia habría podido crear?, ¿sería otra estratagema más de su subconsciente para ser de nuevo el centro de atención?, ¿o simplemente era la forma inconsciente de crear un peso ficticio para cargar con él y así aliviar su vergüenza y decepción con sigo mismo?, ¿realmente estaría enfermo?

Cruzó la mirada con una chica obesa y rogó a sus ojos la complicidad de los desafortunados, de los desterrados.
- Qué arrogante eres, pensó la segunda voz.
Te crees capaz de judgar a esa chica y ponerla en tu misma situación. Ella es fuerte, tu no.
Siempre te creíste más que nadie y si a la primera no lo conseguías los métodos de autoengaño que tu mismo creaste hacían el resto. Miraste a la gente por encima, a tus padres, a tus amigos, a tu familia, a los conocidos e incluso a los desconocidos. ¡Ese es tu problema, audaz! Te has dado cuenta de que no eres nadie y ha dolido caerse del guindo, JAJAJAJAJA.

Se rió para sus entrañas en vista de la buena autocrítica, aun así no se lo creía.
Tengo que escribir esto, pensó. Es tán visceral, tan descarnado. ¡Como un autor maldito!Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Joyce, Kerouac, Bukowski -mis iguales-, ¡hermanos míos!
Aunque se lo creía, en el fondo se reía de sus pensamientos.

Al llegar a la facultad tiró con energía un cigarro aun sin terminar y entró con un poco de tranquilidad al aula.
Al atravesar el pasillo se topó de bruces con la realidad, con quién hablaría ahora, con quién se sentaría. ¿Continuaría siendo el “interesante de la fila de atrás”, o se habría convertido ya para sus ojos en el triste infeliz que se sentaba solo?

Encontró un asiento al lado de un conocido, ¡pero a él no le caía bien!
Ya le había juzgado, como a más de la mitad de la clase, los había rechazado voluntariamente su amistad, tan siquiera la había propiciado, ¡no conocía ni sus voces, ni sus nombres!

- ¡Pero que gilipollas!, pensó sobre sí mismo. Eran poco para él.
¿Era la ropa, el peinado?, ¿porque no hablaban como tú ni se movían como tú?, ¿o puede que fuese que no escuchaban lo mismo ni leían lo mismo? Basura inculta, irrisoria y anodina.

Al pensarlo se le encogió el corazón y le dieron ganas de vomitar, reconocía el sentimiento, era miedo.

Los retortijones regresaron, los temblores y el frío.
Mientras, en el exterior, tenía que seguir la conversación de su compañero y no mostrar signos de debilidad, ¡y a poder ser intentar ser ingenioso!
Empezó a sudar, su segunda vos gritó: Qué difícil debe ser ser tú, jajajaja.

Comenzó la clase, agarraba el bolígrafo como si la vida fuese un precipicio y él la única rama que sobresaliese. Continuaba la presión en el pecho, en la garganta y las nauseas. Intentó relajarse.
Al terminar la clase se despidió rápidamente y agarrando la mochila de cuero y su chaqueta se encaminó a lo que últimamente había sido su lugar preferido de la facultad, a donde iba cuando no aguantaba más.

Atravesó el gran hall central y subió por las escaleras de la derecha hasta la última planta.
En ella se encontraban los departamentos, pero también se encontraban unos baños que inusualmente se utilizaban. Ya había sido su escondrijo un par de veces más, y se desquiciaba esperando el momento de poder cerrar el pestillo del baño, mirar por la ventanilla, quitarse el abrigo y dejarse derrumbar en soledad.

Así lo hizo, menos fuerte de lo que esperaba.
Se bajó los pantalones y dió visado a sus dolores.
Encendió un cigarro y se quedó ahí hasta terminarlo.
Pasaron unos 10 minutos cuando de nuevo se sintió con la obligación de salir de aquél zulo.

- No seas pringado joder. Situaciones patéticas convierten al que las ejecuta en un ser patético.
Salió, se miró al espejo, reconoció la cara que un día fue altanera y la envidió.

Por la noche antes de irme a la cama recordé la situación de la chica gorda y pensé que estaba inspirado para escribir. Me senté en la cama y sin parar un segundo regurgité esos momentos, grabados a fuego cada día en mi memoria.
Cuando se terminaron fui al baño y cagué todo mi mierda como acababa de hacer en el papel. Pensé en romper las hojas y dejarlo todo en el olvido pero en el fondo me encantaba toda esta basura autocompasiva, egocentrica y recurrente que había escrito.

Dejo este párrafo antes de dejar mi mente en blanco para meneármela pensando en alguna de las mujeres que dejé pasar “porque no me merecieron” y lo salvajemente que ahora mismo me las follaría.

A pesar de todo masturbarse provoca somnolencia y yo no soy más que un pobre ser falto de cariño.
Ya va siendo hora de que llegue otro día.

Morir del cuento

Fácil morir del cuento.
Vivir de él un placer, una opción, hay para quien también es una verguenza.
Pero la verguenza es pasajera, se disipa al descubrir al omnisciente narrador del prosaico cuento de tu pautada vida, de tus frustradas ilusiones, de tus grandes decepciones.
Odio y rencor florecen de la síntesis, del destape del engaño.
¡Despójate de las prendas que mantenian tu cautiverio, arranca las páginas ya escritas de tu vida!
Armazón de metal, cuento social que embelesa y alienta a quien se deja alienar.
No participaremos en
los maquiavélicos planes de dominacion y sumisión.
Dantescas imagenes de ganado humano, cachorros inocentes y potenciales, lobotomizados in visu por bombardeos publicitarios.
Epicuros del S.XXI, lacerados por su ausencia de preocupaciones y su pasión por el placer.
Oh, hedoné.