22.12.14

AMOR: Biología, psicología, lingüística y mística


En realidad la existencia del amor no se basa en la desesperada expresión de nuestras necesidades reproductivas y de crianza, es mucho más complejo y poco tiene que ver con el sexo, aunque detrás del sexo se encuentre también la búsqueda de amor, del tierno y del narcisista. Todo se remonta a aquella primera célula que en un momento dado mutó su comportamiento y decidió sacrificar la inmortalidad, la clonación, por la fusión de su genética con la de otra célula para dar un tercero, más variado, produciendo así el primer diálogo genético. Ese gesto dio comienzo a la reproducción sexual, y a su vez supuso un acto altruista a nivel de individuo y de especie, cristalizado en el impulso humano del amor, la necesidad de fusión o sacrificio del yo por el nosotros

Entendiendo que todas las religiones contienen algo de verdad, este momento se puede relacionarse con el pecado original bíblico, el mordisco al árbol del conocimiento del bien y del mal, que dio origen a sexación o sexualidad, así como de la entrada en escena de la experiencia o tiempo biológico (sin tiempo no hay experiencia) y por lo tanto a la muerte, madre de la espiritualidad. Por lo tanto, detrás de ese "suicidio" por el futuro reside a su vez la aparición de un sentimiento unido al amor, el de la muerte, la toma de conciencia de que, entonces, se es finito. Podríamos decir que son en realidad estas dos fuerzas las que subyacen en el comportamiento de todos los seres vivos. Psicológicamente, el comprender que hay un fin subyuga por completo a esta evidencia toda la condición humana y nos lanza a la conquista del aislamiento, de la soledad. 

Con la individuación, primer momento en el que comprendemos que somos individuos aislados, un escalofrío recorre nuestro pequeño y vulnerable mundo de niños, y aparece nuestro primer amor, el amor materno, el que sentimos hacia nuestra madre que, como dice Fromm, es incondicional e inculca a su vez el amor a la vida. El amor paternal parece condicionado a demostrar al progenitor unas aptitudes, unos valores, unos mínimos y enseña al niño las reglas del mundo a través de las que se adaptará para su supervivencia. Pero durante nuestro crecimiento el amor materno ha de dejarnos marchar para poder realizarnos. 

En este periplo lejos de los brazos de nuestros padres nos topamos numerosas veces con la atracción sexual o epitimia, que es la energía que nos hace acercarnos a posibles compañeros o compañeras vitales a través de un fuerte deseo, poner el corazón en potencia, en km 0. Lo singular ocurre cuando en uno de esos encuentros aparece el Eros, este no se refiere solamente a lo sensual, sino que es el anhelo de unirse con el ser amado y el deseo de llegar a ser uno con él. En cierto modo expresa la idea de fusión. Este amor es el que consigue ligarnos a una persona con quien crear un vínculo duradero, una complicidad vital. Por un lado posee la cualidad de la exclusividad, puesto que el deseo de unión se traduce en una persona concreta, que en griego correspondería a storge, y podría describirse como una relación compuesta de afecto natural y el sentimiento de pertenecerse el uno al otro. Sin embargo, el buen amor se basa así mismo en el amor fraterno o phileo. El amor filial aprecia y tiene tierno afecto por el ser amado. Es un amor de relación, camaradería, participación, comunicación, amistad. Otorga el grado de compañero a la persona amada y a su vez ayuda a superar el sentimiento de separatidad con el resto de la humanidad. En este entramado de amores, un factor muy importante es la voluntad. La intensidad del sentimiento inicial puede desvanecerse pero la voluntad de seguir amando, el compromiso por tanto, es el verdadero sustento del amor.

Tras todo este viaje de amores llega el amor desinteresado, que en griego se expresa con la palabra agape. Dar sin esperar que se le devuelva nada. El amor se ha transformado en voluntad y no depende de los sentimientos. Es un amor de acción, no de emoción. Se concentra en lo que se dice y hace, y no en lo que se siente. Ama incondicionalmente. Para llegar a este nivel de amor, la pareja debe haber pasado antes por un profundo conocimiento de amarse a uno mismo, necesario para poder amar a los demás (el egoísta no ama) y al otro. Este grado de amor, agape, es el que se tiene especialmente por los hijos, pero que se extiende a la pareja al amar de esta manera abnegada, como procreadores, a los mismos sujetos, se genera el sentimiento de familia, de fusión total. El amor es la base de la vida y la mejor manera de escapar del aislamiento del individuo, de la muerte.

Como otras formas de amor, existe también el amor a Dios, que Fromm identifica, efectivamente, con el amor entre padres e hijos, muy relacionado con el grado de madurez de la persona. Así, el amor de Dios en su aspecto materno se presenta como una gracia incondicional. Para mí este amor a Dios, a la madre, se puede equiparar al amor a la naturaleza, a la creación, a la madre creadora, que aún en la Iglesia Católica sigue apareciendo, aunque velada, bajo el aspecto de una paloma o con el sobrenombre de Espíritu Santo. Es el amor en su forma más pura, por ello, el amor era considerado por los griegos un don divino. El amor es algo que trasciende, aunque sin duda va unido a lo evolutivo, y roza aspectos del ser más elevado. Pero amar no se nace sabiendo y es un arte que requiere de voluntad y aprendizaje. Pero que merece todas nuestras energías pues solo el amor nos salvará.